Con el pelaje empapado
cada albar mechón en ella
brillaba como estrellas fugaces
sobre su lomo.
Mientras Lobito miraba cada reflejo
de la luna en ella, curioso y feliz.
Pidiendo deseos con cada destello.
Temblando entre la escarcha
la madrugada se estiraba somnolienta
Lobito sacudió violentamente
su cabeza su cuerpo hasta su cola
y el agua formo arcos de luz
a su alrededor.
Inundadas
corrían por su cuerpo
gotitas de enamoradas luciernagas
brillando curiosas.
Ella se sacudió
su pánico a la oscuridad
empapada de ternura
con una sonrisa indescifrable
miraba a Lobito pensando
en como adoraba a su amigo.
Lobito termino de sacudirse
ella se acercó
con delicada paz, le miró divertida
Entre agitada y salvaje
arrancó
de su cuerpo una pesada armadura
Le estaba congelando
hasta el último hueso y el alma.
Con sutil pasión
acarició el lomo de Lobito
con su suave cola
antes de que la tormenta tronara
volviese a ahogarlos en tímidos silencios
Pidió a Lobito una historia
-Mientras dure la tormenta,
me gustaría refugiarme en tus ojos.
Corrieron, saltaron, volaron
entre arroyos y hojas amontonadas
tropezaron, cayeron y cruzaron
un río que corría enfurecido
entre los dos.
Buscando refugio
entre el hielo y el cansancio
vislumbraron una lobera
abandonada.
Escarbaron con mimo
los recuerdos de aquella manada
tumbándose juntos.
Las cabezas
sobre las patitas.
La mirada
sobre las constelaciones.
Se dibujaban difusas
allí, allí, allí, tras oscuras
violentas y pesadas nubes
tronando
con fuerza y haciendo temblar
sus deseos.
:Lobito, entonces suspiro un horizonte
de adorables sueños, lejos, lejos
lejísimos y recordó que ella
le había pedido una historia.
(-Mientras dure la tormenta,
me gustaría refugiarme en tus ojos.)
-Apoyo con leve y sutil delicadeza
la cabeza en el hombro de su amiga
como por accidente, inspiro
como sin querer, amando comenzó:
– Cuando los bosques eran mantos
níveos de gélidas mañanas
de noches aterradoras
Cuando las nieves cubrían los campos
y las bestias enormes se batían
en duelos de sangre, marfil y dolor.
Cuando los glaciares eran dueños
y señores del tiempo y arrastraban
mundos enteros.
Había lobos titánicos, altísimos
como para morder las nubes
robustos como las rocas
con dientes largos como ramas
parecían llegar desde el cielo al suelo,
cazaban a gigantes y las manadas se contaban
por miles y su tamaño en decenas.
Cuando los días eran hielo
Audaces manadas
luchaban contra sanguinarios humanos
en duelos mortales con desigual
suerte.
Los ancianos eran pocos
y los alfa se aferraban a cada camada
pues podría ser la última.
Bestias ocultaban los cielos
y en las noches eclipsaban
la luna.
Los aullidos de las manada
erizaban la corteza del bosque.
Osos grandes como el terror
que inundaban el bosque con su salvaje
rugido.
La luna era joven, enorme y su reflejo
palidecía en el iris de la manada.
En los cielos rasos las estrellas se amontonaban
como hojas de otoño, como antorchas cogidas del éter
Desordenadas como abejas en busca de polen
como gotas de rocío cayendo por las mañanas
De una primavera descrita en viejas
leyendas. De un verano invernal. De una primavera
donde los lobeznos, nacían tiritando ciegos entre
el miedo, los lamentos y terribles heladas.
Allí en aquella taiga donde todo moría
demasiado pronto. Donde el día era un recuerdo
y la noche pesadilla, nació como un pequeño
arroyo entre las rocas, una Loba llamada a ser
un río bravo y caudaloso.
Esa loba había de traer
consigo un mundo nuevo, una nueva era
donde todo comenzó a tener voz
Donde el bosque componía bellas sinfonías.
Donde las nieves se escondieron
primero tras los glaciares y después
se fugaron, en las cumbres altísimas
de escarpadas rocas,
La loba construyo los amaneceres de primavera
cada día iluminó los caminos y los sembró
de flores, de abejas y los troncos se hicieron
de miel.
Loba le aullaba todas las noches a la desordenada luna,
empeñada en mantener las contelaciones
desoredenadas, hasta que en una noche de verano
entre el ballet de las luciérnagas Selene ordeno
las estrellas y a cada constelación nombró
como un lobezno de la última camada.
– Entonces nuestro soñador miró a Lobita y le susurro:
Tú eres esa Loba y mañana seguro amanecen
los arroyos gritando tu nombre.
– Ella se río como siempre hacía, y lo miró
incrédula, golpeo con mucha ternura su cuerpo
con el suyo y le dijo: – anda ya….


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