En una pradera de sonriente verde
Cuando los pajaritos ajeteadros llevaban ramitas
para construir hogar
la manada de Lobito
había cazado tremendo alce, y nuestro chico
se introducía otra vez y una por el estomago
abierto en canal tal que su pelaje gris
lucia franjas de una roja y espesa sangre
como un lobito atigrado.
como un lobo divertido y contento
arrancaba pedazos de vida
y los lanzaba al aire
para morderlos y despedazarlos.
Allí como una leve caricia
del más hermoso viento
Como trotando sobre la belleza
se fue acercando Lobita
Como si sus ojos distrajesen
las furtivas miradas
de nuestro chico.
Allí Lobita se sentó cerca del riachuelo
latiendo furioso mientras partía en dos la pradera
como un cicatriz colmada de vida
como un camino de alegría y fría dicha
Allí se paró y sin mirar a la manada
quedó distraída contemplando el agua
Donde los peces quedaron embelesados
Con el rostro de Lobita
un tanto ladeado
la pálida y risueña cabeza
con su penetrante belleza
sus ojos pardos escrutaban su distraído
rostro entre suaves ondas
de claras aguas.
Allí sintió una presencia bebiendo
de su reflejo, giró un poco la cabeza
para verse en el iris verde del Lobito.
Allí se conocieron, aunque Lobito
conocía su olor y sabía de sus paseos
cerca del territorio de la manada.
Allí junto a ese enamorado reflejo
del río, se miraron a los ojos
por primera vez.
Allí jugaron con delicadas palabras
para decirse discretos y sencillos
versos
encadenados los labios
Como si fuera un juego nuevo
que acababan de inventar
los dos empezaron
a correr como sólo los lobos saben
lejos, lejos, lejísimos
correr, correr, volar
lejos, lejos, lejísimos
decidieron en un suspiro
ser una ventisca, ser uno
y no se volvieron a separar
y no se volvieron a separar
y no se volvieron a separar…


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