Dos jóvenes lobitos

Apasionadas noches de un verano interminable, de dos lobos adolescentes, enamorados

El poeta de la horas inquietas, cosmonauta más allá del bien y del mar, observando sueños en cordilleras de interrogaciones. Coordinador del caos, siempre despertando de madrugada para aullarle a la luna.
Noches menguantes

La noche se abría

como la barra de un pub

rebosando hielo, sonrisas

y pasiones.

Era medianoche

y a medianoche aullaban

apasionados a medianoche


Hasta que uno de los dos

se quedaba quieto muy quieto

sin saber el porqué

Entonces se amontonaban

uno al lado del otro

contándose

sobre el canto

de la lechuza

contándose

entre el cortejo del grillo

aventuras de tediosos días

de caza, cavar loberas

de cuidar lobeznos

de perseguir a la manada

estudiar los secretos del bosque

olvidar los juegos de niños

para ser productivos, severos lobos

como si de un tedioso trabajo

se tratara, como si fueran al insti

aburridos de la monótona

clase de acoso y emboscada

de primera hora,

se fumaban las clases

de literatura para respirar

poesía debajo de los chopos

de la ribera.

Se acomodaban

las palabras

muy despiertos, siempre

a veces entre tristes susurros

se relamían las heridas

de sus jóvenes llagas,

siempre atentos, vivos

insomnes

como una letanía de verbos

inquietos

como la ardillita

trepando por un árbol

con ramas incontables

iban saltando de la mañana del lunes

hasta el viernes y Lobito

le decía muy despacio

alguna escondida confesión

sobre su más tierno dolor

sobre su terrible temor

sobre como se le escapaba

entre los colmillos la alegría

para terminar con una lacónica

sonrisa

artificial, casi pintada

Como un boceto de sus pesares.


Lobita escuchaba con ternura

atenta

a su agitada respiración

presta

al consuelo y el consejo

levantaba la cabeza

de su lomo y le daba

algún delicado golpecito

para serenar a Lobito.

Entonces ella se paraba

a mirar al horizonte

e imaginar su futuro

allí en las montañas azules

donde no llegaba la vista

y vivían desconocidas manadas

donde siempre llovía

y los días eran de serena humedad

donde anhelaba aprender

un nuevo lenguaje

Donde deseaba aprender

unas costumbres nuevas

Y Lobito se ponía melancólico

y feliz, porque sabía que se iría

lejos, muy lejos, pero siempre

sabía que le iban a aullar a la misma luna.

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