Entreabriendo los miedos
Lobito despertó
entre profundas tinieblas.
Una luna menguante
apenas iluminaba
unas cenicientas nubes
cubriendo el bosque
de una extraña quietud.
Un reflejo en los ojos de un zorro
le recordó
el sueño recién olvidado
Sueño donde habían pasado
corriendo por el bosque
hasta el lago y volando
por encima del agua
atravesaron puertas gemelas
de un pasillo entre la nubes
abrieron todas las puertas
entraron en cada sentir
lloraron, rieron, tuvieron
pavor, ira, se asustaron.
Volaron presos de una imprudente
osadía, se precipitaron dentro del lago
como si nadie los pudiera detener
sumergidos en las agitadas aguas
del deseo, empapados de vida
se fundieron con el lago
y fueron corrientes enfurecidas
llenas de enérgica vida.
Entonces, ella desapareció entre las profundidades
y al intentar encontrarla, despertó.
Entumecido se levantó para
sentir
como había cambiado
su cuerpo era diferente.
El pelaje gris de la barbilla
empezaba a clarear,
era un Lobo maduro
se sintió corpulento
fuerte, sintió que junto a las canas
había una recuperada
emoción, arrinconada largo tiempo.
Lobita permanecía tumbada
como una Loba Alfa fuerte y poderosa
El claro en la arboleda
era parte del frondoso bosque.
Las épocas se sucedían
bajo las pisadas de Lobito
¿ Cuánto tiempo había dormido?
Lobita le parecía una Loba
altísima y su poderosa respiración
hacía temblar el bosque a su alrededor
su salvaje latido horadaba el suelo
bajo su enérgico pecho,
su férreo palpitar
golpeaba en el suelo
con decidida intensidad.
Temía despertarla,
acaso molestarla.
Lobita serena, segura, tranquila,
Mientras Lobito
observaba atento a su amiga.
Se imaginó la vida de Lobita
¿ Acaso era él quien seguía dormido?
Ella abrió los ojos
y su sonrisa estaba allí
curiosa y feliz, grande y tierna.
Su mirada audaz y divertida
se posó un instante en Lobito
y una avalancha
De inesperadas y secretas
emociones sacudió su alma.
Temió por un instante que no lo reconociera
Pero ella se levantó con un pequeña pausa
bostezó, se estiró, lo miró y sorprendida
le preguntó – ¿ Estás bien?-
Lobito
En un intento por aparentar
Confianza
Intentó que sus palabras
sonarán maduras, seguras
y Lobita no notara
cuán impresionado estaba.
Con una sonrisa robada
con la barbilla levantada
muy despacio, le susurro
casi cantando:
– Como siempre.
Ella sonrió y pasó a su lado
provocando un pequeño sismo
con cada pisada, era como si el bosque
se apartara respetuoso para no molestar
su imperturbable caminar.
Eran Lobos maduros
Pero dentro de Lobito
sólo había pasado
una breve noche.
El inquieto Lobito
estaba allí, era joven ayer
y hoy se miraba a un espejo
que no paraba de hacerle reír.
Cuánto
tiempo había pasado, lo recordaba,
o era un suspiro
de un pasado brumoso
olvidado.
Eran los sentimientos
pretéritos, resguardados
al abrigo en su memoria .
En los ojos de Lobito
apenas pasaron unas horas.
Pero temía verse ajado y ojeroso
Le recordaría, Lobita.
o se habían perdido las conversaciones
los abrazos, las risas y el cariño
en un viejo cajón lleno de agrietadas
fotografías.
¿ Dónde había viajado
vivido, bebido, bailado?
¿ Dónde se escondía
la soñadora Lobita?
¿ Estaba allí con ella?
Ella permanecía impertérrita
Ella era como un estatua
griega, de mármol blanco,
ebúrnea, como roca tallada, sus facciones
habían florecido, cada pliegue en sus gestos
su penetrante mirada y su sonrisa,
su sonrisa era un amanecer de primaverales
amapolas, su sonrisa abrazaba
los felices días de una tarde de verano
su sonrisa mordía enormes pedazos de vida
era grande, luminosa, irradiaba divertidos
rayos de dicha, su sonrisa
era como si gritara alegría, su sonrisa.
Brillaba un halo
de descuidada belleza
de desordenado y salvaje
encanto.
Como si hubiera dejado
atrás sus miedos.
Como si su atractiva presencia
brotara en el claro del bosque
desde su desaliñado lecho
incitará
a las plantas a florecer
a los pájaros a cantar
al bosque a respirar.
Lobita gritaba verdad, en cada aullido.
Sólo había pasado una noche
pero había durado veinte años.
Su cuerpo latía con violencia
Cuando la tenía cerca
y Lobito dio unos pasos hacia atrás
era poderosa y se asustó.
Las canas de Lobito en su pelaje
las arrugas en sus hoyuelos
los pliegues bajo sus ojos
contaban una triste historia
de días en blanco, vacíos
solitarios y olvidados.
Acaso ella recordaba
los versos que le escribía
en aquel cuaderno rojo
perdido en otro tiempo,
nacido en otro lugar
lejos, lejos, lejísimos.
Entonces, entre susurros
Lobito la miró y le preguntó:
-¿Eres tú Lobita?
A lo que ella contestó
con aterciopelada voz:
-Claro, amigo mío, claro.-
Un escalofrío recorrió su espina dorsal
doblando su espalda como un arco
a punto de disparar.
Desde lo más hondo de su alma
surgió una realidad arrinconada.
En el ultimo pedacito de su alma
donde quedan las preguntas
sin respuestas.
Allí donde vive la soledad
abrazando la timidez
de la mano del miedo.
Desde donde los temerosos
sueños rotos
se esconden de la memoria.
Donde quedan las palabras
que nunca dijimos y los besos
que nunca nos dimos.
Al sentir esa desabrida
pasión, esa desbocada dicha
dueña de una exuberante alegría
Lo supo con certeza
Había vuelto
de donde nunca se fue.



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