Hubo entre los días de vino y amapolas un camino,
una pequeña senda entre los árboles grandes como titanes,
altos como cíclopes, pero con cientos de ojos.
Un recorrido que siempre hacíamos en los días de risas y versos,
en aquellos días felices con noches gloriosas,
entre los gigantes, allí cerca de un bosque en nuestro peregrinar
cerca de Itaca.
Allí en un bosque de palabras, frases, desnudos párrafos, había flechas rojas
y apasionadas indicando prístinos lugares, sendas salvajes, espesas y profundísimas simas
donde sólo he estado contigo, donde sólo he podido llegar contigo Lobita.
Perdidos cerca de los libros que cuentan de las caricias
sin tocarnos, de las luces ciegas, de sombras luminosas.
Corríamos, como sólo los lobos saben,
buscando un riachuelo donde bebernos un poquito de vida,
allí estábamos tú, tus palabras y un amor que nublaba mis sentidos.
Nunca, nunca, nunca te tocaba.
Mis labios agrietados de morderme las ganas,
de morderme palabras
que nunca te dije y ahora te escribo.
Nunca supe el sabor del elixir de tus labios, sólo una vez rozamos nuestros labios pero
fue apenas un suspiro y rápido voló, como la sombra de una golondrina se escondió tras un hasta
mañana, me quedé preguntándome dónde migrarán los besos que nunca nos damos.
Cuando escuchaba tu cálida voz, a veces, olvidaba el significado de las frases y permanecía
en silencio, como un búho, con los ojos muy abiertos intentando entender tu embriagador idioma
me hipnotizaba, perdido en esos paraísos de dulce querer, sin poder entender tus palabras pues
andaba divagando en un lecho de flores, en una cama hecha de rojos amaneceres, mientras me
hablabas sólo podía imaginar como sería sentirme parte de tu boca
y mecer mi alma en la cuna de tus labios.
Para despertar cuando pronunciabas mi nombre y responder: – sí, sí, claro.- entonces volvía desde el
delicado paraíso de tu boca, del desconocido amparo de los besos perdidos, que nunca nos dimos, a
escucharte en la guarida secreta que construíamos en cada conversación para refugiarnos de la
básica parafernalia que rodeaba la triste monotonía de la superficialidad.
Corríamos rapidísimo, volábamos entre titanes, raudos como salvajes devorábamos las noches,
mordíamos cada brizna de vida a veces nos miraban con indiferencia, otras curiosos les
escuchábamos decir nuestros nombres maldiciendo.
Un día entre la niebla de nuestros cigarros, entre la bruma de tu silueta que
apenas podía vislumbrar allí a mi lado, ciego de amor.
Cuando corríamos entre titanes, una noche durante cinco segundos, cinco segundos
grabados a fuego en mi memoria, sólo cinco segundos.
Valiente, atrevida me regalaste un recuerdo
me obsequiaste con un instante que jamás habría de olvidar.
Me cogiste de la mano y despegué del suelo, volé, como si hubiera chocado tres veces los talones de
mis botas rojas.
Allí en la calle de los bares(qué lugares)
Cinco segundos, sólo cinco segundos,
cantando aquella dulce melodía de Fred Astaire,
bailando
EN EL PUTO CIELO,
navegando más allá de la puerta de tannhäuser,
con un mundo entero a nuestros pies,
caminando cerca de las estrellas,
con los ojos como antorchas,
con el alma a lágrima viva,
no dije nada, no pude decir nada…
Como si me arrancasen el alma a jirones
la noche tornó sombría y se escuchó
como los titanes con un odio desabrido,
con un cruel murmullo, desaprobaron
ese sutil gesto contando un nosotros
un nosotros vivo un instante
borrado, tachado, cegado,
un nosotros anulado, esfumándose.
Al soltarme sentí como un atroz frío
como una navaja entrando por mi costado,
como si me clavasen un misericordia
hasta lo más profundo
de mi alegría.
Miradas cargadas de odio, un hipócrita, desalmado susurro,
sonó como un grito dentro de mí,
cinco segundos y tocaron hasta las campanas
de brutísima inquina al verte de la mano de aquel joven Lobito.
Aquel joven Lobito que escribe
años después
estas frases con el sabor
de las lágrimas en los labios.
Como un desamparado lobezno, pequeñito, casi desaparecí.
Perplejo, asombrado por la atroz mirada de desaprobación de los titanes, fue breve,
fue terriblemente
doloroso.
Del cielo al suelo, del suelo al averno, en un parpadeo.
Tú ¿ también lo sentiste, verdad?
Así tomé conciencia, del miedo, del rechazo, de la profundísima desaprobación que provocaba entre
los titanes aquel joven lobito.



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