Dos jóvenes lobitos

Versos, aullidos, historias. Apasionadas e interminables noches, latiendo fortísimo dentro de dos jóvenes lobos, adolescentes, enamorados, atravesando aventuras memorables, promesas inquebrantables e imaginando hazañas épicas siempre llenos de sueños mágicos. Mientras se comen la vida impregnados de hermosos colores, como el de buscar la verdad o la belleza, como alcanzar cimas imposibles, como ser el orgullo de los lobeznos que fuimos.

Sólo cinco segundos

Hubo entre los días de vino y amapolas un camino,

una pequeña senda entre los árboles grandes como titanes,

altos como cíclopes, pero con cientos de ojos.

Un recorrido que siempre hacíamos en los días de risas y versos,

en aquellos días felices con noches gloriosas,

entre los gigantes, allí cerca de un bosque en nuestro peregrinar

cerca de Itaca.



Allí en un bosque de palabras, frases, desnudos párrafos, había flechas rojas

y apasionadas indicando prístinos lugares, sendas salvajes, espesas y profundísimas simas

donde sólo he estado contigo, donde sólo he podido llegar contigo Lobita.



Perdidos cerca de los libros que cuentan de las caricias

sin tocarnos, de las luces ciegas, de sombras luminosas.

Corríamos, como sólo los lobos saben,

buscando un riachuelo donde bebernos un poquito de vida,

allí estábamos tú, tus palabras y un amor que nublaba mis sentidos.


Nunca, nunca, nunca te tocaba.


Mis labios agrietados de morderme las ganas,

de morderme palabras

que nunca te dije y ahora te escribo.


Nunca supe el sabor del elixir de tus labios, sólo una vez rozamos nuestros labios pero

fue apenas un suspiro y rápido voló, como la sombra de una golondrina se escondió tras un hasta

mañana, me quedé preguntándome dónde migrarán los besos que nunca nos damos.


Cuando escuchaba tu cálida voz, a veces, olvidaba el significado de las frases y permanecía

en silencio, como un búho, con los ojos muy abiertos intentando entender tu embriagador idioma

me hipnotizaba, perdido en esos paraísos de dulce querer, sin poder entender tus palabras pues

andaba divagando en un lecho de flores, en una cama hecha de rojos amaneceres, mientras me

hablabas sólo podía imaginar como sería sentirme parte de tu boca

y mecer mi alma en la cuna de tus labios.


Para despertar cuando pronunciabas mi nombre y responder: – sí, sí, claro.- entonces volvía desde el

delicado paraíso de tu boca, del desconocido amparo de los besos perdidos, que nunca nos dimos, a

escucharte en la guarida secreta que construíamos en cada conversación para refugiarnos de la

básica parafernalia que rodeaba la triste monotonía de la superficialidad.


Corríamos rapidísimo, volábamos entre titanes, raudos como salvajes devorábamos las noches,

mordíamos cada brizna de vida a veces nos miraban con indiferencia, otras curiosos les

escuchábamos decir nuestros nombres maldiciendo.


Un día entre la niebla de nuestros cigarros, entre la bruma de tu silueta que

apenas podía vislumbrar allí a mi lado, ciego de amor.


Cuando corríamos entre titanes, una noche durante cinco segundos, cinco segundos

grabados a fuego en mi memoria, sólo cinco segundos.

Valiente, atrevida me regalaste un recuerdo

me obsequiaste con un instante que jamás habría de olvidar.


Me cogiste de la mano y despegué del suelo, volé, como si hubiera chocado tres veces los talones de

mis botas rojas.


Allí en la calle de los bares(qué lugares)


Cinco segundos, sólo cinco segundos,

cantando aquella dulce melodía de Fred Astaire,

bailando

EN EL PUTO CIELO,

navegando más allá de la puerta de tannhäuser,

con un mundo entero a nuestros pies,

caminando cerca de las estrellas,

con los ojos como antorchas,

con el alma a lágrima viva,

no dije nada, no pude decir nada…


Como si me arrancasen el alma a jirones

la noche tornó sombría y se escuchó

como los titanes con un odio desabrido,

con un cruel murmullo, desaprobaron

ese sutil gesto contando un nosotros

un nosotros vivo un instante

borrado, tachado, cegado,

un nosotros anulado, esfumándose.


Al soltarme sentí como un atroz frío

como una navaja entrando por mi costado,

como si me clavasen un misericordia

hasta lo más profundo

de mi alegría.


Miradas cargadas de odio, un hipócrita, desalmado susurro,

sonó como un grito dentro de mí,

cinco segundos y tocaron hasta las campanas

de brutísima inquina al verte de la mano de aquel joven Lobito.



Aquel joven Lobito que escribe

años después

estas frases con el sabor

de las lágrimas en los labios.



Como un desamparado lobezno, pequeñito, casi desaparecí.

Perplejo, asombrado por la atroz mirada de desaprobación de los titanes, fue breve,

fue terriblemente

doloroso.


Del cielo al suelo, del suelo al averno, en un parpadeo.


Tú ¿ también lo sentiste, verdad?


Así tomé conciencia, del miedo, del rechazo, de la profundísima desaprobación que provocaba entre

los titanes aquel joven lobito.

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