Ese era un día marcado en rojo en la vida de Lobito
habían de encontrase con su amiga en el mismo río,
el río Niza. Donde los dos bebían siempre alegría,
donde se conocieron. Los dos estaban terriblemente
nerviosos. Iban a deambular por el bosque como en un juego
de niños como en una enamorada yincana. Cada uno buscaría
un trofeo para un intercambio, para entregar en el Picabea
a cambio de unas suculentas chuletillas y una botella de vino.
Los dos estaban emocionados Lobita inventaba historias
para seducir al castor, al cuervo, al zorrito y a la urraca.
En el juego los dos deseaban acumular un tierno montón
de sonrisas, una cesta colmada de complices miradas, presentes que luego
habían de vender cerca del mercado del bosque
donde todos se reunían a intercambiar sus sueños.
Era en un trueque, donde no faltaban las broncas
de quienes intentaban cambiar su patética
superficialidad por los sueños de un niño.
Aunque a las lobas nunca se les permitía participar
Lobita andaba aullando indignada por tan tremenda
injusticia. Aunque en principio fue un rito iniciatico
sólo para los lobos, Lobita y sus amigas entendían
que habían de participar pues ellas también
tenían derecho a beber, comer, bailar y jugar
como hacían los Lobos, a Lobito le pareció
injusto que su compañera Lobita no pudiera
jugar.
En un claro del bosque, igual a una puerta
abriéndose hacia un claro entre la espesura
un cruce de caminos dentro del bosque,
llamada por todos la puerta Munillo.
Los dos paraban a quienes venían
de almorzar, de trabajar en su guarida,
caminando o en carro hacia unas sabrosas viandas.
De este modo, los Lobitos les piderón
al corzo, al búho, a la lechuza y al ciervo
un presente que luego habían de cambiar
primero por una botella de moscatel, luego por la comida.
Lobito, siempre inventando historias, les contaba
por medio de desesperados cuentos de su necesidad
de la tremenda angustia que estaban pasando y de
los pesares que atravesaban, con un tono jocoso
los hacía reír y conseguía ablandarlos para que soltasen
la guita.
Esa mañana bebieron, rieron, corrieron con unas viejas
gabardinas empapadas de felicidad. Hicieron, como
siempre hacían, equipo. Lobito la miraba y su corazón
no paraba de dar saltitos de dulce alegría.
Lobita le había arrebatado a la belleza su significado,
el pobre Lobito se escondía tras el bullicioso
ajetreo del juego para esconder lo enamorado que
estaba.
Temía tocarla, él nunca la tocaba, sólo tenerla a su lado
le hacía temblar, temía que su pelaje se erizase y Lobita
notará que estaba loco por sus pardos ojos, ella estaba
arrebatadora, con su enorme sonrisa lo intimidaba
y no paraba de reír, fueron momentos de plenitud,
de euforia de enorme alegría y cada gesto de Lobita
se quedó para siempre, grabado a fuego en la retina
de Lobito.



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