Los rayos de sol caían como si la luz hubiera tornado agua
y se posasen gotas de luz aquí, allí sentadas sobre
el pelaje de nuestros chicos.
Él estaba con la mirada enredada
en el pelaje albar de Lobita, sonriendo, enseñando un poco
los colmillos con una alegría pícara y sus sueños de futuro
juntos.
Como si pudiera dibujar una vida con Lobita,
con pequeños lobeznos
todos parecidos a Lobita, menos uno, un lobezno
con el pelaje gris, con el iris verde.
Un poco más torpe, más pequeño y aunque atrevido,
como sus hermanos, sereno, prudente
desde pequeño, a quien gustará
parar en todos los pasos de cebra, siempre presto
a ayudar a esa anciana Lobita a cruzar el río.
Con sus verdes ojos cargados de sal
y llenos de hermosísimos horizontes,
un lobezno que riese a grandes carcajadas,
viendo los 101 dálmatas, al que le encantará
cantar en barrio sésamo, 1,2,3… ¡12!
o llorará con los tristes episodios de Heidi,
alguien capaz de odiar profundamente
a la señorita Rottenmeier
y que ladrará enfurecido cuando le quita sus panecillos a Heidi.
Un chico a quien no importara el nombre
de las constelaciones pero seguirá caminos
en el cielo nocturno, caminos hacia una alameda
donde construirá refugios con palets abandonados,
castillos de lobeznos soldado.
Donde vivirá encarnizadas batallas, duelos a muerte
contra el gabacho y el ingles
para masacrar a cientos de desnutridos
casacas rojas.
En aquel fuerte, donde tras sangrienta lucha
caerá enamorado
de la formidable espadachina lobezna.
Ella un día llevará a Lobito por una senda escondida
a través de una pradera verde,
cruzando un ancho, parsimonioso cauce
del gran río de la Felicidad.
Buscarán el más preciado tesoro un cofre
rebosando valiosísimas riquezas:
como el beso que nunca se dieron,
como los versos que han de escribir,
como las carcajadas de Lobita,
con cientos de cosquillas y
divertidos
collares de mordisquitos.
Un enorme arcón
rezumando la luminosa alegría
de redescubrirse.
Abarrotado de abrazos.
DE TUS ABRAZOS.
Lobita.
Un cofre colmado de noches en vela
de anhelados amaneceres,
lleno de claveles rojos,
enterrado en un paraíso
de florecientes palabras,
de implacables conversaciones,
en las que lobezno
encontrara paz, verdad, consuelo, amor…
SÍ
AMOR
EN TODAS SUS ACEPCIONES,
amor en cada delicada frase
en los decididos gestos
en como le escuchaba Lobita.
En su bello perfil
en espiar la delicada
comisura de sus labios
AMOR.
En deslizarse con su mirada.
por sus facciones.
Caminar a tu lado, respirar el mismo aire,
bailar nuestra canción.
AMARTE
Beber de tu boca hasta tus más tiernos silencios.
AMAR
Tu decidido caminar,
tu cálida sonrisa,
acogedora, fascinante y embriagadora,
tu sonrisa.
Todas las noches le aullará
a una alegría creciente
como si fuera un Alfa
a una luna que observará, discreta
los primeros tropiezos de lobezno.
Un lobezno al que habrá de curar cada día una herida,
pues siempre andará con las rodillas en carne viva
y la cabeza abierta.
Siempre atentamente distraído,
con una sonrisa pequeña, vergonzosa
y unos dientes amontonados.
Un lobezno que preferirá montar trescientos circuitos
diferentes del Scalextrix o desmontar el triciclo
antes de jugar con ellos.
Un nene que imaginará conversaciones
con el teléfono de juguete
para llamar a su yaya que vivía en La Rioja.
Un niño que odiará montar el castillo
como venía en la caja
y necesitará inventar torreones
donde habría de estar
la torre del homenaje.
Un lobezno que intentará construir
cada día diferentes fortalezas
de inexpugnables de sueños.
Sin ser solitario, tímido.
Escondido tras los formalismos
de la educación para relacionarse.
Un niño que sin levantar un palmo del suelo,
se presentara dando la mano y diciendo un:
– Hola, me llamo Vicen.
Con una madurez impropia, al que asustaran
los brutales juegos de sus hermanos y preferira
permanecer en silencio, abrumado
al lado de aquella hermosísima lobezna,
sin decir nada y observando,
curioso
el devenir de los días en el vuelo
de las juguetonas
golondrinas.
Un lobezo sentado jugando
horas y horas con dos soldaditos
de plástico.
Con la graciosa astucia de un pequeño lobo de mar,
dispuesto a encontrar fascinantes hallazgos:
Como un beso que alguien olvidó
allí cerca de los nidos de las águilas.
Como los fósiles de aquella ladera
Como encontrarte a ti
Lobita,
aquí, en Arnedo
Como conocerte
Lobita
Un pequeño granujilla con ganas
de morder cada suspiro de Lobita,
de regalarle miles de sonrisas y un cielo infinito
de esperanzados sueños,
sólo para ella.
Sólo para verla FELIZ.
Un lobezno a quien le gustará ir siempre de tu mano
con INTERMINABLES, montones, montañas
de curiosas preguntas,
con miedo a la oscuridad,
a la mentira
y al odio.
Un distinguido caballerete presto al combate
contra esos malvados gigantes que son
el miedo y el abandono.
En definitiva alguien como él.
Abrió la boca en un bostezo enooorme, le apetecía morder fuerte el alma
de Lobita lamer su cuerpecito, darle pequeños cabezazos, pero nunca, nunca,
nunca la tocaba.
Comenzó a divagar entre los acordes de una melodía de aquella canción, donde
un lobo solitario rasgaba con violencia su guitarra para cantar a la soledad
y al miedo.



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