Tres bellas golondrinas revoloteaban sobre los lobitos, con delicadeza hacían girar sus cuerpos en el éter, ella las miraba distraída con una sonrisa juguetona y lobito caía embelesado en su sonrisa. Su sonrisa, sus hoyuelos, su alegría, ella.
Con un sol resplandeciente el albar pelaje de lobito era refulgente estrella y el le pedía deseos, preso de los más tiernos anhelos como el de fumarse su aire y beberse su sudor, mientras permanecía tumbado enredado en el pelaje de lobita apoyado en su lomo, acariciaba su mejilla y le daba golpecitos con la patita.
Ella había leído en el vuelo de las golondrinas que el otoño estaba próximo al otro del riachuelo, en un claro del bosque, cavar una lobera nueva y comenzar una vida nueva juntos. Lobito llevaba unos meses acicalando una nueva lobera, preparando una vida entera para vivirla contigo, María.
En un árbol cerca del bosque había marcado con sus colmillos sus iniciales multiplicada VXM Y sus deseos V<M(EL PEQUEÑO SE COME A LA GRANDE), Lobito caminaba bailando y aullaba cantando, auuuu, auuu como en esa canción de Diego Vasallo buscaba un maxi de limón para escucharlo con lobita.
Cuando salían a cazar se llevaba más de un ladrido enfurruñado de lobita pues se distraía jugando con el pelaje de lobita y espantaba a las presas, a una conejita un día se le ocurrió hacer una peineta y bueno lobita no dejo ni los restos. Otro día fuimos a por un wapití, mano a mano, primero tu le mordías los cuartos traseros y yo por el cuello, hasta que lo tumbamos y llenos de sangre empezamos a reír a grandes y estruendosas carcajadas. Teníamos hambre y dimos buena cuenta de tremendo ciervo, eran días de vino y rosas. Antes de que llegase el invierno, yo había cogido algo de peso la verdad, pero eran reservas para pasar el duro periodo de frío y nieve.



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