Dos jóvenes lobitos

Versos, aullidos, historias. Apasionadas e interminables noches, latiendo fortísimo dentro de dos jóvenes lobos, adolescentes, enamorados, atravesando aventuras memorables, promesas inquebrantables e imaginando hazañas épicas siempre llenos de sueños mágicos. Mientras se comen la vida impregnados de hermosos colores, como el de buscar la verdad o la belleza, como alcanzar cimas imposibles, como ser el orgullo de los lobeznos que fuimos.

El árbol anclado a un precipicio

En una lluvia de estrellas. Encontré una con tu nombre. Escondida traía un sobre. Sellado con centellas. Entre sus huellas hallé unas bellas palabras escritas con una caligrafía preciosa y sólo pude ver tu nombre repetido una y otra vez, después fue humo entre mis dedos y desapareció.

Por aquel valle escondido de las palabras perdidas, cabalgaban dos criaturas de la noche, dibujando una estela con caprichosas esfinges, con la mirada felina de un gato atigrado, escarban en un suelo de cristal y fingen ser marmóreas, pero se mueven como en un lienzo atravesando mis ojos y ahora corren por una pradera verde esperanza. Somos nosotros, somos dos lobos salvajes recorriendo la escabrosa sierra del inconsciente, estamos cavando juntos para construir una lobera, escarbando un cielo de rutilantes fuegos, colmado de deseos perseidas de una vida por construir.

Aunque el odio sople fuerte y nos quieran destruir, nunca vamos a huir, ni a desperdiciar un instante de existencia. Por aquel barranco descendemos como alpinistas agarrando con nuestras fauces las ramas de ese árbol que se precipita sin caer hacia la nada. Nadie nos ve, pero siguen el rastro de nuestras huellas.

Lates, María, lates como el corazón de un animal bello y salvaje, lates. Eres principio y final, eres todo o nada. Caemos rodando por la ladera de la rambla somos pétalo y esperanza. Somos manada. Somos tú y yo, corremos por entre las paredes casi verticales del barranco y no oímos nada. Nada, nada, nada sólo se escucha nuestra respiración entrecortada.

En el éter hay grabado un fuerte tu aullido y corro raudo a buscarte allí, allí María entre mis anhelados sueños, entre mis acelerados verbos, entre tus delicados adjetivos, te busco, te busco y dejo de soñar para vivir de tu alegría, entre el canto de grillo y la canción de la cigala escucho tu voz. Tu voz María, y se me caen los dedos sobre el teclado mientras intento describir como tallas con cada sílaba mis frases, te escucho, te escucho, ahora, María y encendemos un silencioso fuego con nuestros cuerpos en la lobera y soy un destello en tus ojos y eres una llamarada en mi iris. Para encontrarnos más allá de los sueños, donde nadie nos ve. Donde nada duele, donde nadie nos ve, donde sólo se escucha tu aterciopelado aullido y de fondo una de tus canciones.

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