Dos jóvenes lobitos

Versos, aullidos, historias. Apasionadas e interminables noches, latiendo fortísimo dentro de dos jóvenes lobos, adolescentes, enamorados, atravesando aventuras memorables, promesas inquebrantables e imaginando hazañas épicas siempre llenos de sueños mágicos. Mientras se comen la vida impregnados de hermosos colores, como el de buscar la verdad o la belleza, como alcanzar cimas imposibles, como ser el orgullo de los lobeznos que fuimos.

Los versos esquivos

Aquella fría mañana encontré entre el rocío del amanecer un sutil sendero, vereda de versos felices. Mientras voy olisqueando por el bosque siguiendo tu rastro de alegres sonrisas. Para hallarte siempre en el mismo centro de la esperanza, donde anida tu nombre bailando en el cálido canto de un jilguero, allí. Allí he encontrado una serenata grácil, nocturna, traslucida de versos dichosos, de deslumbrantes poemas donde siempre apareces en la dalia, o en el romero, con aroma a lavanda o en un dulce susurro aterciopelado diciendo mi nombre. Aquí, ahora me deslizo con delicadeza por el teclado y te pienso rosa blanca porque me siento bien ahora. Cada vez que leo cada vez te veo, cada letra que escribo cada vez te veo, cada vez que sueño, y acaricio el teclado pulsando despacio cada coma todos los puntos y te sueño, cada vez te veo lobita, te aúllo y me sorprendo sin querer, amándote.

En cada sílaba esta tallada con ternura una imagen de tu sonrisa. Cada vez que leo cada vez te veo. Encuentro una razón más para seguir el rastro de miguitas que vas dejando por el bosque, son gotas de rocío y como si fuera un pequeño grillo voy cantando y bebiéndome en cada tambaleante hoja tu agua, para saciarme de vida, emborracharme de tu sudor conocer el sabor de tus labios y beberme tus verbos.

Como una atenta mirada no pierdo el rastro y sigo empecinado en dibujar una sonrisa en tus labios. Sigo tus aromas, sigo tu rastro y ya es mediodía y no te veo amor, no te veo, pero te siento tan cerca María, tan cerca, tan cerca…

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